¿Cómo se construye un villano?

En los cómics, como en la vida, conocemos y juzgamos al monstruo que nos aterroriza. Pero no nos detenemos a pensar acerca de cuál fue el detonante que lo llevó a revelarse contra la sociedad. La desigualdad de suertes, la discriminación y las frustraciones no resueltas son sólo algunas de las causas que pueden presentarnos a nuestro propio lado oscuro.

Por Damián Herrera | dherrera@elsitiodelheroe.com

El atrofiado ego de los villanos es el resultado de una sociedad que los aparta.

El atrofiado ego de los villanos es el resultado de una sociedad que los aparta.

Los hay muchos y muy variados. Algunos usan traje, otros no. A algunos el destino les otorgó poderes especiales para enfrentar a los héroes que les impiden concretar sus fines malignos, mientras que otros hacen su trabajo usando pistolas, cuchillos o, incluso, desprovistos de armamento alguno. Están aquellos que usan una máscara para que esconder el lado oscuro de su puntillosa personalidad diurna y, también, esos que ya han superado la instancia de miedo frente a la condena de la opinión pública y atemorizan con su verdadero rostro. Unos son graciosos e, incluso, nos dan lástima. Otros, por el contrario, nos atemorizan con su sola presencia.

Son ni más ni menos que villanos. Esos seres detestables de la historia, los antihéroes absolutos. Los que representan todo lo que condenamos moralmente y al más fétido cúmulo de falsos valores y vicios a flor de piel. La respuesta inmediata a la buena voluntad de los protagonistas de las historietas, películas, novelas y cualquier otro tipo de ficción. Pero, como los héroes y quizá más que estos, son elementos que se nutren de la realidad. De los peores defectos de la realidad en la que todos nosotros nos movemos.

Conocemos y castigamos al monstruo. Lo llamamos anormal, fenómeno, enfermo, cáncer de un sistema social, del cual, en algún momento, se ha desplazado por motus propio. Al cual ha jurado venganza y prometido que, tarde o temprano, lo reduciría a meras cenizas. Optamos por ver a la bestia, al ser que ha dejado de ser persona. Al que ha quebrado la línea que nos impone la comunidad de la que formamos parte, por el simple hecho de entender que ese trazado no es más que otra forma de encarcelamiento, nada diferente a la prisión a la que terminará siendo destinado cuando, al final del relato, el noble héroe lo reduzca y lo entregue a las autoridades.

El odio de Max Dillon (Electro) hacia Spider-Man y Nueva York no es tan casual como parece.

El odio de Max Dillon (Electro) hacia Spider-Man y Nueva York no es tan casual como parece.

El villano es una mancha que debe ser limpiada sin importar el modo, sin importar cómo fue que esa mancha llegó a la pared. Pero, ¿Nos preguntamos alguna vez por qué es que las manchas llegan a la pared?, ¿Por qué, cuando terminamos de limpiar una, aparece otra nueva? No lo hacemos. Las quitamos con la esperanza de que alguna vez dejen de aparecer y listo. La verdad, ni siquiera nos importa. Si eligió matar, robar, atemorizar y el gran héroe lo evitó, no hay nada más digno y reconfortante que ver a un villano pagar las consecuencias de sus actos. Al fin y al cabo, quien las hace, las paga. Ninguno de nosotros puede criticar la validez de ese estamento tan antiguo como la humanidad misma.

Aun así, no hay nada más sensato que tomar conciencia de que, muchas veces, nos desenvolvemos dentro de nuestras esferas de modos que coercionan a otros, aun sin que lo sepamos. Que los llevan a sentirse marginados, abandonados, limitados de fuerzas, privados de contención e inserción. En los cómics, como en la vida, no hay un sólo villano que no sea producto de la desigualdad de suertes. Algunos nacieron con el poder de ser vistos, a otros se les entregó el talento para hacerse ver. Pero también están esos que son invisibles, personas y personajes a los que el grupo mayoritario, los que se ven unos a otros, dejó de lado por ser distintos, por no agradar al golpe de vista.

Las burlas que sufrió Oswald Cobblepot en su niñez lo llevaron a convertirse en el Pingüino.

Las burlas que sufrió Oswald Cobblepot en su niñez lo llevaron a convertirse en el Pingüino.

No importa si no fuiste un niño acosado por tu baja estatura y gran circunferencia, que llevaba paraguas todo el tiempo por el miedo de tu madre a que murieses de una neumonía como lo hizo tu progenitor, y, al crecer, no decidiste convertirte en un líder del bajo mundo para vengarte de los que se burlaban de vos. Tampoco, si nunca decidiste electrificar a toda la Ciudad de Nueva York porque no tenías amigos que te llamaran el día de tu cumpleaños y trabajaras en una gran empresa de tecnología llena de personas a las que no les interesaba recordar tu nombre a pesar de que fueras el genio detrás de toda la red eléctrica de la zona urbana. Mucho menos, si no fuiste el mejor Caballero Jedi de todos los tiempos, con una destreza y habilidad directamente comparable con la del Maestro Yoda, pero la enorme frustración de que nunca llegara tu ascenso al máximo rango te consumiera y llevara al Lado Oscuro, determinado a acabar con todos aquellos a los que antes llamabas amigos y hermanos. No importa.

La discriminación, la segregación y las frustraciones están presentes en cualquier círculo en el que los integrantes sean más que uno. Cualquiera de nosotros, en el mundo plenamente real, puede sentirse apartado si su grupo de amigos no lo llama para concurrir a algún evento masivo, o frustrado si no quieren aceptar nuestros méritos como válidos en el ámbito académico o laboral. Todos nos enojamos alguna vez a causa de la corrupción de otros y deseamos ver el mundo arder. Por el tipo que llegó después que nosotros a la fila del banco y se fue antes porque era amigo del que atendía la ventanilla o por el que se pasa el semáforo en rojo con total impunidad y de forma temeraria cuando a uno le levantan la multa por estacionar en un cordón sin pintar. La anomia es un fenómeno tan auténtico como lo son los vicios del egocentrismo, la indiferencia y la ignorancia. Y para encontrarlos como detonantes de una personalidad villanesca no hace falta recurrir siempre a las historietas. El que nunca quiso vengarse por algo, arroje la primera piedra…

Acomplejado por no sentirse incluido en la Orden Jedi, Anakin Skywalker se tornó Darth Vader.

Acomplejado por no sentirse incluido en la Orden Jedi, Anakin Skywalker se tornó Darth Vader.

Así que, la próxima vez que nos miremos al espejo por la mañana, recién levantados y en un estado de vertiente imaginativa, y estemos por decirnos a nosotros mismos “cómo quisiera convertirme en un héroe”, recapacitemos. Héroes podemos ser todos y de formas que ni siquiera conocemos, pero demasiadas veces quedamos expuestos a la influencia del mal, al deseo de devolverle el golpe a la masa que nos maltrata, que nos excluye y nos dice que no somos nada más que una pieza reemplazable en ella, y no siempre tenemos la fortaleza para resistir a tan atractiva idea. Por ello, la frase que hemos de pronunciar, ante nuestra profunda mirada en el reflejo, debe ser: “espero no convertirme en villano este día”.

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